La vida suburbana


Es fácil elevar los ojos al cielo y dar gracias por la vida que nos donó mientras se escuchan las campanadas del convento de Santa Escolástica, a unos 400 metros de casa.
En el verano, estamos casi todo el tiempo afuera. Esta mañana también pude escuchar, más lejana -ni sé dónde-, la sirena convocando a los bomberos; y el sábado a la noche pudimos oir perfectamente la aproximación del auto de unos amigos que venían a comer con nosotros en la matera.
Hasta mis 32 años viví en el centro. Recuerdo haber escrito en 1987 una nota sobre la polución auditiva en el balcón de mi cuarto, que daba sobre Arroyo y Esmeralda, en el que explicaba que aún en ese sexto piso no alcanzaba a escuchar el sonoro tableteo de mi máquina de escribir debido al ruido que venía de la calle.
Es cierto que todos los días hábiles viajo más o menos dos horas para ir a trabajar, pero también hay maneras de aprovechar ese recorrido: si es en auto, conversando con los hijos; si es en tren, leyendo, o deleitándose con el paisaje ribereño, si es en la lancha colectivo. Todo pasa por vivir con armonía, por el uso del tiempo vital, por la cadencia.
En el jardín veo a los venteveos tirarse a la pileta desde una planta, mojarse un poquito y volver a la rama; al carpintero, golpetear el altísimo palto que preside el jardín, y a los caranchos patrullar las alturas. Claro que esta biodiversidad tiene también lagartijas, que combaten a los insectos, roedores y palomas, como en todas partes. También hay gatos y perros callejeros, que los vecinos cuidan y alimentan, y cada tanto aparecen algunos carros de chatarreros tirados por caballos.
El calor no se sufre ni se combate, sino que se viste y se disfruta.
No hay gente, sino personas. Uno las ve venir por la calle desde unos cuántos metros antes y puede llegar a observar si es un vecino o un transeúnte, y de analizar los móviles de su andar.
En la ciudad en la que vivo la gente discute sobre la poda de las tipas de la avenida del Libertador. Si están bien o mal realizadas, y si van a mantener el formato abovedado que dan sombra y embellecen a la principal arteria de la ciudad. Lo discutimos en casa y hasta se discute en reuniones públicas en la voz de los paisajistas que decidieron vivir en una zona en la que se puede estar en contacto permanente con la naturaleza.
A la tardecita, la brisa que viene desde el río se lleva el calor tierra adentro. Este refresco es festejado por las aves, que musicalizan el aromatizado parque, tanto en el crepúsculo como cuando amanece. Entonces, jazmines y floripones alcanzan tanta intensidad como la paz que reina en el vecindario en el que las monjas benedictinas rezan por nosotros, por la Iglesia y por la Humanidad.+

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