De osos y de osas



Cuando era hombre era más fácil: me ponía cualquier traje y un par de zapatos, y no me los cambiaba a lo largo de una semanas o dos como mínimo; cada día elegía una camisa y una corbata, nomás, y me cambiaba la ropa interior.
Ahora estamos como las mujeres: hay veces que me visto de una manera solamente para un día y al día siguiente ya cambio todo lo que llevo puesto.
La revolución sexual de los 60 tuvo impactos inesperados: en la mujer, que tuvieron que salir a realizarse con un segundo laburo, y en el hombre, que pasó a incorporarse al mercado de la moda y a ocuparse de menesteres que antes ocupaban sólo unos pocos minutos de atención.
Pero durante algunas décadas, el impacto fue casi imperceptible para nosotros; se fueron evidenciando con el tiempo.
En 2002, por ejemplo, llegué al Edificio Libertador, como jefe de gabinete de la Secretaría de Asuntos Militares del Ministerio de Defensa. Me llamó muchísimo la atención la cantidad de hábitos que vestían los militares: venían de civil (los ochenta los había disuadido de mostrarse uniformados en la calle); al llegar, se vestían de fajina o de uniforme, según las actividades del día; para hacer deporte, se volvían a cambiar con ropa deportiva, obviamente, y si tenían una gala, lucían otro uniforme. Como hijo de familia numerosa eso me parecía un desafío de lavandería, tanta ropa diaria junta. Me impresionó y hasta me reía de ellos: "¡Parecen minas!", les decía, y ahora soy yo el que mariconea.
La corbata lo terminó por cambiar todo. Pensar que cuando iba a trabajar al diario -en el que ya no se usaba ni el traje ni la corbata-, no dudé en vestirme así; "siempre estás mejor con una corbata", me decía papá, y tenía razón. Usaba trajes demodé heredados de mi abuelo materno y con signos evidentes de uso en los muslos, entre otras marcas que un viejo puede aportar a un traje. Pero como soy el séptimo sólo podía elegir la ropa que los mayores ya habían desechado, así que me quedaron un traje marrón y un saco gris de tweed, al que había que hacer magia para combinarlo con alguna corbata y una camisa blanca limpia.
Durante los lustros que siguieron conocí la felicidad de vestirme simple y formal. Hasta que un día algunos cancheros empezaron a vestirse de sport durante los días de semana. No me preocupó lo más mínimo; son vagos, pensaba, ¿qué les puede costar vestirse formal? Es un lío andar pensando cada día cómo vestirse. Error: otro día caí en la cuenta de que casi todos vestían igual: camisa celeste y pantalón blanco, con nauticos o mocasines; en invierno apareció la ropa técnica de polar con cierre relámpago. No es para mí, sentencié para mis adentro; ¿cómo me voy a presentar así ante una autoridad. Además, uno no elige cuándo surgen las reuniones y ¿qué voy a decir: voy a mi casa, a 35 kilómetros, a cambiarme y vuelvo? Ridículo. Pude seguir vistiendo como mi Viejo, con algunas pequeñas variaciones.
Hasta que un día aparecieron de entre los formales los que portaban trajes sin corbata y algunos introdujeron la variante del elegante sport sin aquel ícono de masculinidad atado al cuello, lo que hacía de esa vestimenta algo muy razonable. Mientras las autoridades vistan formalmente, argumentaba para mí, uno debe estar vestido como ellos, ¿o es que acaso uno es más importante que sus interlocutores como para decidir qué vestimenta usar? ¡Somos servidores! Nos debemos a nuestros clientes institucionales.
Pero un día llegó el PRO a la Ciudad de Buenos Aires... y uno tampoco puede estar vestido más formalmente que su interlocutor; y otro día llegó Cambiemos al Gobierno Nacional, y empezamos a ver al Presidente variar su vestuario casi tanto como la Primera Dama.
Casi quedé knock out cuando llegaron las ropas formales más entalladas y ¿quién le dice a un clásico austero como yo que debe tirar su ropero y comprar otro, que no sabe cuánto tiempo va a durar?
La historia que sigue ustedes la conocen.
Para colmo, uno se va poniendo más grande y ya no es como antes que "todo te queda bien". Ahora uno tiene que manejar ciertos protocolos si quiere evitar el proceso de descarte profetizado por Francisco. Supervivencia pura.
¡Cómo han cambiado los tiempos! Cuando era chico, mamá nos decía: "¡No te mires al espejo! ¿Te diste cuenta de que tu padre solamente se mira en el espejo para afeitarse?". Muchas mujeres repetían otra consigna; decían que "el hombre es como el oso, cuanto más feo más hermoso". La coquetería era cosa de mujeres. ¡Qué tiempos aquellos, cuando todavía éramos hombres!

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