viernes, 3 de marzo de 2017

La prensa en la encrucijada

Pizarras de la agencia del diario La Nación sobre Florida Foto: Los dinosaurios/Facebook

Acabo de terminar de leer Cinco Esquinas, la última novela de Mario Vargas Llosa, publicada el año pasado. Con este gran escritor peruano siempre me pasa lo mismo: lo prejuzgo por sus artículos periodísticos, que me suelen defraudar, y me olvido del encanto con el que me atrapan sus novelas.
En este caso, lo que me llamó la atención fue la simultaneidad de su publicación con Número Cero, Umberto Eco, cuya decepcionante lectura el año pasado no mereció ni siquiera un comentario específico para este sitio. Ambos libros tratan de lo mismo: la prensa extorsionadora y chantajista.
El del académico italiano narra la historia de un proyecto de diario que nunca llega a editarse pero que se financia por lo que nunca llega a publicar; es un eterno número cero, como se titula la obra. El latinoamericano, en cambio, es algo más benévolo con la prensa; como buen liberal, distingue entre periodistas más o menos éticos. De alguna manera, revela la importancia del rol de la prensa en una república.
Edificio de Bouchard 557 del diario La Nación. Fuente: Los Dinosaurios/Facebook 
Ambas historias expresan el momento que viven las instituciones políticas en estos tiempos. La parábola trazada a partir del ascenso que tuvieron los medios –que los diarios lideraron- a partir de fines de los setenta y durante los ochenta, su cenit en los noventa y en los primeros años de este siglo, hasta la acelerada pérdida de prestigio en estos años, son elementos que deben observarse en directa relación con la caída en desgracia de la democracia republicana.
Ciertamente, para mantenerse vigente la república es un régimen que exige del ejercicio virtuoso de la moderación, la templanza y del dialogo continuo, que sus críticos entienden como concesivas. Porque la pérdida de equilibrio entre los distintos poderes sociales puede derivar en deformaciones. Si el Poder Ejecutivo, por ejemplo, avanza sobre las libertades individuales o sobre la privacidad se vuelve autoritario; pero si, por el contrario, permite una expresión de las minorías al punto de perjudicar a las mayorías se torna en anárquica.
Si la prensa, cuya función es la de colaborar con transparentar la acción de gobierno, se constituye en un actor social con peso propio y pierde su objetividad informativa corrompe el equilibrio de poderes; si confunde periodismo con entretenimiento, con militancia o con justicia, se degrada.
Hay que recordar que la Constitución y las leyes otorgan a la prensa una jerarquía determinada porque es acorde con el rol informativo que cumplen dentro del sistema republicano de gobierno.
Los medios tienen necesariamente un sesgo ideológico, propio de la subjetividad. Eso es innegable. Mientras informen, pueden opinar. De hecho, lo hacen cuando editan y jerarquizan o ponderan las noticias, o cuando se manifiestan lisa y llanamente; pero si solamente opinan, no hacen periodismo sino propaganda.
El periodismo, tal como lo entiende la democracia, ha quedado relegado a un deslucido lugar de publicaciones de baja circulación o de informes que se promueven como “reservados” o “confidenciales”. Naturalmente, la información política y económica es una cuestión de unos pocos. Por eso es promovido desde las instituciones políticas. Debe ser accesible para todos, pero de exclusivo interés de los dirigentes. Como dijo el maravilloso y popular cantautor uruguayo Jaime Ross de El Hombre de la Calle: Se para frente a un quiosco/ Lo distrae un titular/ y sigue como siempre/ como todo en la ciudad./ A veces compra un diario,/ se lo lleva para ojear/ las fotos del partido,/ en la página de atrás./ No me hablen mas de él/ No me hablen mas por él,/ que yo lo veo en cada esquina,/ y lo escucho en el café./ .+
Editores y redactores en el comedor de La Nación leen los primeros ejemplares impresos mientras comen

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