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Nos fuimos

Cuando nos fuimos casando y decidiendo nuestro lugar de residencia, a muchos de mis amigos les pareció adecuado mudarse lejos de las calles que nos vieron nacer y crecer, entre Recoleta y Retiro.
Allá estaban mis amigos de la infancia, de la primera adolescencia, y la mayoría de nuestras coordenadas geográficas.
Esas veredas sintieron el temor en nuestros pies yendo por primera vez al almacén, al colegio, al cine, a jugar a la casa del otro o a dormir.
Al poco tiempo, la familia de alguno se mudó a San Isidro; por diversos motivos, nos cambiamos de colegio, y un tiempo después, muchos nos fuimos yendo del barrio, dentro y fuera de Capital. Pero en Buenos Aires, primero, y al interior o al exterior, después.
De vernos todos los días, todo el tiempo, pasamos a vernos salteado, casi nada.
El proceso de migración, interna y externa, nos quitó esos tiempos muertos en los que se cultiva naturalmente el ocio que sustenta la amistad. Hubo que esforzarse para mantener vivo el vínculo que dejó una marca indeleble en el alma.
Pero no es lo mismo. El tren, el bondi y la ruta, se nos llevaron el tiempo compartido. El rato que naturalmente sería del club, de bar. De lugares que el vertiginoso mundo que vivimos ya ha transformado varias veces, y que han perdido la memoria.
La niñez de nuestros hijos y su adolescencia, hizo el resto.
Todos nos fuimos, pero siempre estamos volviendo.+

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